lunes, 26 de noviembre de 2007

EQUIVOCIDAD

El sexo nunca había sido importante para ella. Se la podría catalogar facilmente como una "histérica consetudinaria", le gustaba el flirteo pero a la hora de la verdad su cuerpo no disfrutaba tanto como lo había pensado.
Los años fueron pasando y dejaron su huella. Pero debo decir, que tenía algo mágico en su mirada. Sus parejas fueron siempre perejiles de primera hora, y ella pensó que estaba bien que fuera así. La vida, según Abigail, pasaba por otro lado. Así pretendió estar sola. Ausente de cualquier compañia masculina, aún sabiendo que eso no era tan bueno. Decidió consultar a paquetísimo psicoanalista de Palermo Freud, quien tenía en su haber un curriculum de considerables señoras puestas a punto. Abigail decidió probar y dejó sus clases de pintura country por una sesión liberadora.
Caundo llegó el momento de contar su vida sexual, se dió cuenta que por su vida sólo habían pasado hombres grises y poco atentos y, aún con la desaprobación de su analista decidió buscar hombre a toda costa, pues había sacado la cuenta que hacía 3 años que no tenía contacto íntimo con nadie.
No tenía amigos y ello le dificultaba el reclutamiento. Decidió que al salir de terapia iría a un locutorio y comenzo el scouting de hombres por internet. Creo que ella ni sabía lo que buscaba, pero cualquier nick masculino hacía renacer la esperanza.
Así llenó su msn de incontables hombres, pero ninguno le inspiraba confianza. Aquel era demasiado joven, este otro demasiado viejo, el de allá demasiado lanzado, el de acullá demasiado insolvente.
Frustrada, en una sesión comenta que no sabía porque el casting no funcionaba. El licenciado le dice que quizás eso es lo mejor que le pudiera suceder, que esperara hasta que las condiciones lo permitiesen. Pero Abigail estaba decidida a todo, por eso cuando salió del consultorio paró el primer taxi que pasaba, con la esperanza de encontrar allí el sexo que buscaba.
Miró al chofer a los ojos y le preguntó si tenía ganas de sexo. Los ojos desorbitados del conductor se asemejaron bastante a dos huevos fritos... Lo había dejado perplejo.
Rolando Rivas sólo atinó a decirle: "Cuánto sale?" Abigail no lo podía creer! La confundía con una prostituta!!! El silencio prolongado quemaba el ambiente. Ella mirándolo a los ojos le dijo que no salía nada, que solo queria un poco de sexo.
Rolando, sorprendido y confundido le dijo que sí y miraba de reojo la cartera de Abigail a la espera de que ella lo asaltase o algo parecido. Nada de eso ocurrió. Abigail se sentó a su lado y le dió un beso en la boca... Comenzó a arder mientras esperaba que el la llevara al paraíso perdido.
No hay datos ciertos de la conversación que se desarrolló en el trayecto. Supuestamente el confesó su matrimonio y su edad y ella rehuyó a toda pregunta. Sólo quería un momento de placer.
Al llegar al hotel, ella se dió cuenta que Rolando medía aproximadamente 20 cm menos. Pero con el viejo adagio que dice que en la cama somos todos iguales, caminó decidida por el pasillo de la mano del petiso.
La puerta se cerró. Abigail se ilusionó con el despertar de una buena sorpresa... Hubo besos apasionados, abrazos, caricias.
También hubo sorpresa, claro que sí.
Abigail no podía creer en su mala suerte. Maldita y pequeña mala suerte... No pudo percartarse de nada, de absolutamente nada.
Al salir, se despidió ásperamente de su amante furtivo con la promesa de un próximo encuentro y un teléfono falso. llamó desesperadamente a su analista. Con tanta mala suerte que el contestador la atendió...

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